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¿Sobre qué escribimos?


Me gusta pensar que escribimos sobre lo que nos gusta, pero en verdad escribimos sobre lo que nos duele. Nadie está seguro sobre qué le duele, a veces nos falta el aire, y pensamos que son los pulmones, después pensamos que es el estómago, porque sin aire es el estómago el que se presiona, pero la verdad es que tampoco. Entonces nos damos cuenta de que lo que en verdad nos duele es el alma. Pero cuando duele el alma, nadie sabe qué tiene. Es más, pocos tienen consciencia del alma cuando arde como piel quemada y no encontramos agua fría que la calme. Sólo no podemos conciliar el sueño, pero no entendemos que eso que tenemos es un ardor infinito.

Escribir es de alguna forma construir con tabiques frágiles que nos pasan cerca y en vez de esquivar, tomamos firmemente y los ponemos sobre una estructura que no estamos seguros si cuajará.

Yo escribo también sobre lo que me sorprende, sobre lo que me hace soñar, sobre aquello que me inspira para seguir, para iniciar o para terminar. Lo que inspira puede ser cualquier cosa con vida propia, que toma sus decisiones, que camina con paso firme, que por momentos duda y que se encuentra a sí mismo. Lo que sorprende es una fuerza grande que invita a soñar. Escribir sobre ideas que pasan y que es menester aterrizar, colgarse de ello y atarlo al piso por un momento. No es fácil hacer una fotografía de lo que no se ve, por ello es importante describirlo con todo el detalle, ponerle colores, formas, apellidos, texturas y aliento.

No estoy seguro de cómo es que otros eligen sus temas, pero estoy seguro de que algo tiene que ver, también, con denuncia. Con dejar ver lo que no se ve, con despertar, con jalonear al otro para que mire esa estrella fugaz que nosotros descubrimos. Hay ideas tan buenas que no son para uno solo,  hay una fuerza que bajo presión nos empuja desde adentro para dejar a otros mirar desde nuestros ojos.


Para mi escribir es una fuerza. Fuerza que contagia. Que empuja. Y que se transforma en otras fuerzas que contagian, que empujan, que transforman. Lo que se escribe sirve hasta que alguien lo toma y lo usa para transformar, contagiar o empujar a otra cosa. Lo que sea.



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Silencio

Esa noche me despertó el silencio.
Salí a caminar por las calles completamente vacías. Una intermitente línea recta se perdía a lo largo de la calle.  Así, en medio, caminé y caminé. Y silencio. No había nadie. Ni viento, ni nada. Sacudí los pies y no se escuchaba nada.  Azoté mis pies sobre el asfalto, y tampoco. Descubrí que estaba descalzo. Y que mantenía con exactitud un camino recto. Y silencio. El alumbrado público mostraba la línea recta sobre el asfalto. Silencio. Así se escucha cuando te marchas. Así suena cuando te despides sin darte cuenta. No suena. Quisieras gritos, abucheos, alguien que te sugiera regresar. Pero aunque lo haya, no se escucha. Porque todo está en silencio. Los pies ya no duelen, la piel no se enchina, la voz ya no sale. Así se despide uno.

Cruzando el farol

Lo encerraba todo en una masa sin color. Era tan grande como dispersa, una nube inmensa repleta de nada, frente a mi. El único farol de la calle, hacía que el resto del mundo se desvaneciera hasta desaparecerse ahí, en la nada, en el vacío de la oscuridad. Alejarse del farol esa noche sin luna, también significaba escuchar más claras las voces que, parpadeántes, se internaban en el vacío de la nada. Nada que ahora sonaba a voces que no dejaban de reclamar al silencio. 
Así seguí caminando. Perdiéndome en la nada, que lejos de ti, esa noche, significaba todo. Significaba yo. La nada era más, implicaba entender esas voces que con suerte eran mías, implorándome alejarme hacia la seguridad de la noche. Mi noche. Llegué a un lugar en que sólo escuchaba mis propios pasos, y de alguna forma los veía. Entre todos los negros, distinguí uno más oscuro que formaba mi sombra. Ahí me quedé. Seguro. Dueño de las tinieblas. Abrazado por la oscuridad que me llenaba más que tus brazos.  

Para no extinguirse

Busqué en el mueble de los discos algo optimista, pero no me quedó tanta fuerza. Abrí la alacena y busqué algo dulce, pero sólo había sombras, polvo que se levantaba entre el crujir de las puertas, entre los sollozos de las pisadas que esa tarde no podían detenerse, tenían que gritar, tenían que sonar. Como la garganta, como la piel, como la sangre, como el aliento, como todo lo que tiene que sonar cuando tiene que decir algo. Todos esos libros escritos, toda esa música compuesta, todas esas palabras dichas, todo ese vino bebido. Porque había algo que decir, porque si no se hubiera dicho, hubiera explotado. O quizás no hubiera explotado, y eso hubiera sido lo grave, que tenía que explotar. Qué la sangre tenía que salir a presión y untarse sobre la pared. Y la piel tenía que enchinarse, tenía que llamar la otra piel y tenía que hacerse una misma, las piernas frías que tenían que enfriarse junto a las manos regalándole algo de su tibieza. El aliento que tenía que entrar por los pulmones…