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Déjenme presentar: Rastro

No me gustan las películas contemplativas. Me gusta más la acción, pero esta ocasión quise compartir con ustedes lo que yo denomino "Rastros". Un experimento que en lo personal disfruto mucho y que me produce muchas cosas:

Calma
Sí, siento la más profunda de las calmas con el sólo mirar cómo es que el mar azota cada una de sus olas. No importa qué haya sobre la arena, el mar se lo lleva. Bordes, basura, animales, huellas, rastros, todo. No importa que haya traído el mar, él mismo se lo lleva.

Rastros
Así de complejas son las huellas sobre la arena y así de fácil desaparecen. ¿Cuáles son los rastros que dejaremos cuando nos vayamos? No importa, igual van a desaparecer. Así se complica el sentido de la vida, dejando un espacio abierto a las experiencia y a la inmediatez. 

Sentido
El sentido de la vida tendría que estar en la existencia, en las experiencias creadas a cada minuto. El presente es de lo único que podemos estar seguros. El presente es eso que se escucha cuando la ola golpea las piedras. Es la espuma salada que vuelve a la arena y que se pierde entre tus manos. Ese eco, ese es el presente.

Escucha
Se conoce al mar cuando puedes cerrar los ojos y entender en dónde vienen las olas. Cuando no necesitas mirar, para saber que una ola está por reventar ante ti.

Aquí está Rastro.

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Silencio

Esa noche me despertó el silencio.
Salí a caminar por las calles completamente vacías. Una intermitente línea recta se perdía a lo largo de la calle.  Así, en medio, caminé y caminé. Y silencio. No había nadie. Ni viento, ni nada. Sacudí los pies y no se escuchaba nada.  Azoté mis pies sobre el asfalto, y tampoco. Descubrí que estaba descalzo. Y que mantenía con exactitud un camino recto. Y silencio. El alumbrado público mostraba la línea recta sobre el asfalto. Silencio. Así se escucha cuando te marchas. Así suena cuando te despides sin darte cuenta. No suena. Quisieras gritos, abucheos, alguien que te sugiera regresar. Pero aunque lo haya, no se escucha. Porque todo está en silencio. Los pies ya no duelen, la piel no se enchina, la voz ya no sale. Así se despide uno.

Cruzando el farol

Lo encerraba todo en una masa sin color. Era tan grande como dispersa, una nube inmensa repleta de nada, frente a mi. El único farol de la calle, hacía que el resto del mundo se desvaneciera hasta desaparecerse ahí, en la nada, en el vacío de la oscuridad. Alejarse del farol esa noche sin luna, también significaba escuchar más claras las voces que, parpadeántes, se internaban en el vacío de la nada. Nada que ahora sonaba a voces que no dejaban de reclamar al silencio. 
Así seguí caminando. Perdiéndome en la nada, que lejos de ti, esa noche, significaba todo. Significaba yo. La nada era más, implicaba entender esas voces que con suerte eran mías, implorándome alejarme hacia la seguridad de la noche. Mi noche. Llegué a un lugar en que sólo escuchaba mis propios pasos, y de alguna forma los veía. Entre todos los negros, distinguí uno más oscuro que formaba mi sombra. Ahí me quedé. Seguro. Dueño de las tinieblas. Abrazado por la oscuridad que me llenaba más que tus brazos.  

Para no extinguirse

Busqué en el mueble de los discos algo optimista, pero no me quedó tanta fuerza. Abrí la alacena y busqué algo dulce, pero sólo había sombras, polvo que se levantaba entre el crujir de las puertas, entre los sollozos de las pisadas que esa tarde no podían detenerse, tenían que gritar, tenían que sonar. Como la garganta, como la piel, como la sangre, como el aliento, como todo lo que tiene que sonar cuando tiene que decir algo. Todos esos libros escritos, toda esa música compuesta, todas esas palabras dichas, todo ese vino bebido. Porque había algo que decir, porque si no se hubiera dicho, hubiera explotado. O quizás no hubiera explotado, y eso hubiera sido lo grave, que tenía que explotar. Qué la sangre tenía que salir a presión y untarse sobre la pared. Y la piel tenía que enchinarse, tenía que llamar la otra piel y tenía que hacerse una misma, las piernas frías que tenían que enfriarse junto a las manos regalándole algo de su tibieza. El aliento que tenía que entrar por los pulmones…